Entrevista a un ganador del bote de "Pasapalabra"

Hoy he querido recordar al bueno de Francisco Javier Ajo, uno de los flamantes ganadores del bote de Pasapalabra (102.000 €), volviendo a publicar la entrevista que amablemente tuvo a bien concederme en su día.

Como se puede apreciar a lo largo y ancho de este reportaje, Francisco Javier, madrileño y prejubilado de Telefónica, además de ser un experto en el vocabulario tiene un excelente sentido del humor.

Recordar que antes de llevarse el premio máximo estuvo nada menos que catorce programas en el concurso.

Antes de nada, muchas felicidades por el premio, Javier. No es nada fácil hacer el pleno en Pasapalabra. ¿Qué sentiste cuando resolviste la última palabra, con el crono casi a cero?
La verdad es que me quedé algo así como alelado, no me esperaba que "rebusca" sirviese como respuesta a "Examen minucioso para encontrar algo". De hecho, la respuesta que tenía Christian anotada no era ésa, era "registro", y en un principio me dijo que no era válida. Pero, como ya me había pasado en otras ocasiones, pararon la grabación, lo consultaron (hay una filóloga entre bambalinas para verificar todas las respuestas que se dan y no son las previstas) y, tras unos diez minutos que se nos hicieron eternos (a Igotz, mi rival en ese programa, y a mí), Christian dijo: "Lo sentimos, Javier, no es válida. Pero tenemos que repetir la grabación". Entonces lo repetimos y, cuál sería mi sorpresa cuando, al soltar de nuevo lo de "rebusca", va el tío y me dice: "¡¡¡Siiiiiiiiiiiiiiiií!!!" y sale corriendo a abrazarme. Ahí pensé que el universo se había desdoblado en dos, ambos paralelos (me insiste Javier en lo de los universos paralelos): uno en el que yo había fallado y otro en que había acertado. De ahí mi cara de alelado en los primeros segundos, como se puede ver en el vídeo. Lo siguiente fue apuntar con el dedo a Christian y decir "¡Que cabroooooón!" o algo parecido (afortunadamente, no se escucha en el vídeo). El hecho de haberme dicho durante la pausa que no valía mi respuesta se debía, evidentemente, a que necesitaban grabar una reacción espontánea cuando supiese que había conseguido llevarme el bote, cosa que no se habría conseguido si, después del parón para la consulta, me dicen que la respuesta era correcta y regrabamos ya sabiéndolo.

Bueno, cuéntanos algo de ti. Pareces un tipo tranquilo. ¿O los nervios van por dentro?
Con mi actuación en este programa he aprendido a diferenciar lo que es corte de lo que son nervios y, dentro de éstos, los que son sanos de los que son bloqueantes. Cortado soy un rato, de ahí que resulte tan soso cuando hay que reír las gracias de algún invitado o cuando tengo que responder al presentador a las inevitables preguntitas de inicio de programa. ¿Nervios? Un montón, sobre todo en el primer programa. Estuve todo el tiempo como en una nube, sin ser consciente en absoluto de mi entorno. Me traían y me llevaban y yo me dejaba hacer. Pero, contrariamente a lo que les ocurre a muchas personas, cuando llega la hora de la verdad todo eso se queda a un lado y me concentro en lo que tengo que hacer. Me digo"Bueno, Javi, ahora te vas a poner ahí y vas a hacer lo que tú sabes hacer: responder preguntas". Supongo que les pasará lo mismo a los toreros: nervios cuando están en capilla, pero concentración absoluta cuando tienen enfrente al morlaco. Yo creo que esa tensión provocada por los nervios es necesaria para hacer bien las cosas: demasiada relajación induce a bajar la guardia. Hay que buscar el estado de alerta máxima, la tensión justa para reaccionar con rapidez y precisión, como el cazador que acecha a la fiera.
De todas maneras, las pruebas previas en torno a la mesa camilla, con los invitados de tu parte apoyándote incondicionalmente, ayudan a sentirte como en familia y a disipar los miedos.

Ja, ja, mesa camilla... nunca la hubiera visto así. Pareces familiarizado con este mundillo. ¿Era tu primer concurso o ya te habías estrenado en televisión? ¿En dónde?
Se puede decir que éste ha sido mi primer programa. Hace mucho tiempo, mucho antes de que nacieran muchos dioses, tal vez en otra vida... (es decir, cuando tenía dieciséis años), estuve en uno que se llamaba (creo) "Subasta de Triunfos". Competían equipos de colegiales con preguntas del cole. Nuestro equipo quedó descalificado a la primera, por lo que sólo ganamos el premio de consolación: ¡un reloj de pulsera en forma de televisión!, con las iniciales TVE grabadas en la esfera. Algo es algo.

Y más cuando eres pequeño... Bueno, sigamos hablando del pasado. Antes de participar en Pasapalabra, ¿eras un seguidor del programa? ¿O ha sido un "todo por la pasta"?
En general, siempre me han gustado los juegos y concursos de preguntas y respuestas, tipo Pasapalabra, Saber y Ganar, el Trivial Pursuit... Pero no soy un adicto a la televisión; de hecho, no la veo casi nunca, así que mi enganche a Pasapalabra se debe a otros motivos. Tengo una hermana enferma y todos los días voy a hacerle una visita. Como ella sí se pasa el día viendo la tele, enseguida me di cuenta de que lo mejor era realizar mis visitas entre las 8 y las 9 de la tarde; por lo menos, vería un programa entretenido. Por inercia, vas intentando responder a las preguntas, y así fue como me di cuenta de que, tal vez, yo no hiciese tan mal papel si me presentaba al concurso.
¿Todo por la pasta? ¡También! Exploré otros concursos y en seguida me percaté de que en ninguno había tanta pasta en juego por algo que, aparentemente, yo supiese hacer tan bien. Y un buen talegazo de dinero me iba a venir en estos momentos pero que muy requetebién, así que comencé a llamar al teléfono para participar.

¿Y te entrenaste a conciencia para hacerlo bien? ¿O lo tuyo es un don de la Madre Naturaleza?
Supongo que tiene que haber de las dos cosas: una mezcla de arte y ciencia, de inspiración y transpiración. Si no te ves suelto a priori, ni se te pasa por la cabeza presentarte. Pero, una vez que has decidido presentarse, si quieres aumentar tus opciones, tienes que prepararte (por lo menos yo). Tuve suerte de que tardaran más de un año desde mi primera llamada en contactar conmigo, porque estuve todo ese tiempo entrenándome. Cuando los colegas me preguntaban "¿A qué dedicas el tiempo, ahora que te has prejubilado?" yo siempre les respondía: "Estoy opositando a Pasapalabra".

Pues visto lo visto, conseguiste la plaza. Nada menos que catorce programas estuviste concursando antes de llevarte el bote. ¿Lo viste negro en algún momento?
La verdad es que, mientras estaba concursando, no perdía el tiempo ni las pocas neuronas libres que me quedaban en ese tipo de reflexiones o emociones. Concursando, me concentraba en responder preguntas. Era (¡casi!) indiferente que llegase al rosco con muchos segundos que con pocos, que la otra concursante llevase un montón de palabras acertadas y yo muy pocas, o al contrario. Lo que yo tenía que hacer en ese momento era responder preguntas, cuantas más mejor, independientemente de las circunstancias. Y me concentraba en responder preguntas.
Ha sido después, ya en casa, viendo los programas por la tele, cuando me he dado cuenta de que ha habido dos o tres ocasiones en que estado en un tris de ser derrotado por la concursante. Concretamente, en mi cuarto programa, contra Conchita, o en el sexto, contra Rosa María, gané por la mínima diferencia. Pero allí no fui casi consciente del peligro, como tampoco fui consciente de que en otro programa yo respondí 24 preguntas correctas y la concursante sólo una. Sólo en casa me di cuenta.

Entonces, conclusión, ¿qué es más difícil, llevarse el bote o aguantar tantos días en el concurso?
Hay concursantes que tienen muy claro que se van a llevar el bote a las primeras de cambio (véase Rubén , 366.000 euros) pero, en mi caso, la permanencia en el concurso era uno de los medios para aspirar a llevarse el bote. Aunque he dicho que, al ponerme a prueba en casa, yo solía acertar más preguntas que los concursantes, eran sólo unas pocas las veces que conseguía acertar absolutamente todas, sobre todo teniendo en cuenta mi debilidad en temas como cine, televisión, deportes o música. Eso sólo ocurría de vez en cuando, una vez de cada siete u ocho, más o menos. Entonces tenía claro que, para aspirar a llevarse el bote, habría que capear varios temporales, habría que mantenerse a la espera ganando un programa tras otro hasta que llegase el rosco "bueno", aquél en que me las supiese todas. Si te mantienes en concurso, ese rosco acaba llegando.

Supongo que para mantenerte en el concurso (al menos a mí me ha pasado siempre) también te habrás tenido que sentir a gusto en el plató. ¿Qué tal con Christian? ¿Y con los "famosos"? Mójate, ¿de quién te llevas un mejor recuerdo?
Estuve muy bien allí. El equipo del programa es un conjunto de personas que se lo ponen muy fácil al concursante. Desde el director hasta el que coloca los melones. Desde el casting hasta la felicitación por el triunfo. Todos sin excepción me han tratado (a mí y a los otros concursantes) como verdaderas madres, todos contribuyeron a hacerme sentir como en casa. Incluyendo a Christian, un chaval excelente que en el trato directo resulta aún más campechano y natural que ante las cámaras. Nada de divo. La imagen que transmite en pantalla, de estar pasando un buen rato con los amigos en vez de trabajando, es real.
Con respecto a los famosos, he tenido suerte. No se me ha cruzado ninguno de esos que son capaces de provocar la ruina del concursante a costa de unos segundos de exhibición de su dudosa gracia. Todos mis ayudantes se han portado maravillosamente conmigo y han aportado, cada uno en la medida de sus posibilidades, su granito -o montaña- de arena para colocarme en la mejor situación posible frente al rosco. Si me obligas a quedarme con alguien, pues elijo a Pepa Aniorte, que a su serena belleza unía una eficacia extrema a la hora de responder preguntas. Además, no paraba de animarme cuando yo estaba en el rosco.

En el último programa comentaste que emplearías parte del premio en un viaje a Estados Unidos y en otro al Amazonas. Todo un clásico. ¿Y el resto?
Bueno, lo de Estados Unidos, un clásico, vale. Pero, lo del Amazonas... Estoy seguro que no mucha gente de la que nos lee habrá realizado un viaje como el que nos vamos a marcar mi familia y yo este verano. Yo ya lo hice con mi esposa en nuestra luna de miel, hace diecinueve años. Ahora queremos que los chavales lo conozcan también. Pensamos ir, como entonces, a Belén, capital del estado de Pará, en Brasil, en la desembocadura del Amazonas, y allí coger uno de los barcos regulares que hacen el recorrido río arriba hasta Manaos, capital del estado de Amazonas. El barco es un trasto de línea, parecido a los que aparecen en las películas de Tom Sawyer, con dos o tres cubiertas diáfanas, donde el personal va colgando su propia hamaca donde puede y le dejan, para pernoctar los cinco días que dura la travesía. Viajas con gallinas, frutas no catalogadas por Linneo, gentes de todas las razas y condiciones y un sinfín de mercaderías que se transportan de un extremo al otro del río. No hay Internet ni televisión, pero suele haber un kiosco en la cubierta superior donde, a los atardeceres, algún pasajero de mil razas coge una guitarra e improvisa un recital al que se acaba uniendo todo el pasaje. Con la música, las cervezas y las batidas de aguardiente y frutas tropicales, se crea un ambiente que te predispone a comulgar con el paisaje hipnotizante de la orilla, que va desfilando ininterrumpidamente ante tus ojos durante esos cinco días. Nada parecido a la idea que se tiene de un crucero, como veis.
Y, una vez en Manaos, se trata de contratar, en una de las múltiples pequeñas agencias que se dedican a ello, una estancia de unos días en medio de la selva, con las hamacas colgadas de un mero sombrajo de palos y palma, a los cuidados de una familia que lo mantiene y cocina para ti. Un guía local te lleva y te trae, a pie o en canoa, por todos los vericuetos de las ramificaciones del río, mostrándote yacarés, serpientes sucurí, monos, tucanes, papagayos, pirañas y todo bicho viviente que se ponga a tu alcance. También se visita a los vecinos, habitantes de la selva en chozas tipo palafito a la orilla del río, y se toma unas cachazas (aguardiente) con ellos.
Las noches, tumbado en tu hamaca en la más absoluta oscuridad, sin más protección que una lamparilla de aceite para espantar a las fieras y escuchando el respirar de la selva y algunas bandadas de monos aullando a lo lejos, son algo que no se olvida fácilmente.
¡¡¡Un clásico!!!
Y con el resto, supongo qua lo emplearé en complementar mi prejubilación, que anda un poco escasa.

Te doy la razón, Javier; lo del Amazonas no es clásico para nada. Lo que sí suele ser habitual, cambiando de tercio, es que los ganadores de botes en Pasapalabra triunfen después en Saber y Ganar. Ahí está, por ejemplo, Manolo Romero, que se llevó el segundo bote más alto de la historia de Pasapalabra (1 millón de euros, en la etapa de Antena 3) y después fue magnífico en Saber y Ganar. ¿Vas a intentar probar suerte tú también?
De momento, voy a sedimentar la sensación de haber ganado este bote. Después, ya veremos. Saber y Ganar me atrae, pero me impone un poco de respeto, sobre todo teniendo en cuenta mis carencias en algunos temas, ya citados. En cualquier caso, no creo que acabe siendo un concursista compulsivo, como eres tú, Fernando.

¡Ja,ja, concursista compulsivo! ¡Nunca me habían llamado así! Digamos que tengo mucha afición por el tema...
Pues yo intento pasar lo más desapercibido posible por la vida. La idea que yo tenía de lo que iba a ser mi actuación en Pasapalabra era: llega, toma el dinero y corre (todo lo más rápidamente posible, sin que nadie se diera ni cuenta). Al final no ha sido así, y mucha gente me para por la calle para felicitarme, lo que también tiene su glamour, pero no era esa mi idea. En programas como Saber y Ganar no es posible ese esquema de "toma el dinero y corre"; hay que permanecer muchos programas para llevarte algo sustancial. La gloria es grande, pero la pasta es poca. Pero, ya digo, me lo pensaré, me lo pensaré...

Bueno, Javier, muchas gracias por tu tiempo. He disfutado mucho con esta entrevista. Te deseo toda la suerte del mundo.
Gracias a ti, Fernando.

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